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Itierario: Mieres, N-630, Mi-3, AS-242, Villallana, La Barraca, AS-231, Culquera de Abajo, Culquera de Arriba, Los Fueyos, La Soterraña, La Castañar, Fresnedo, Riosa, El Porcio, Viapará, Angliru, Viapará, El Porcio, Riosa, AS-231, La Vega, Piedrafita, Lugar de Arriba, Lugar de Abajo, La Puente, N-630, AS-242, Mieres. |
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A la mañana siguiente todo prometía, hacía buen tiempo: neblina ligera, humedad alta, 15 grados, sol tímido... lo típico de la zona, asi que opté por la vestimenta de largo y chaqueta de entretiempo, me despedí de un inquilino al que había conocido y se había interesado por la ruta, y me encontraba pedaleando, ajustando los cambios por las calles de esta ciudad dormitorio.
Era la primera vez que pedaleaba por Asturias y estaba muy emocionado, no podía dejar de pensar en cómo me sentiría al recorrer las fuertes pendientes que me esperaban más adelante. Ahora lo importante es no entrar en zona de mucho tráfico, Mieres tiene una actividad industrial y la autovía protagoniza el valle que se extiende hacia el sur buscando el paso de Pajares hacia la meseta.
Pero no voy tan lejos, en seguida una carretera antigua me permite cruzar por encima la autovia y encaminarme hacia Pola de Lena por un asfalto que nisiquiera tiene marcas viales. Paso de largo desvíos que ascienden a pequeñas aldeas y aqui y allá todo son cuestas excepto el camino que sigo.
Empieza la fiesta, antes de llegar a Pola de Lena hay que desviarse para pasar al valle de al lado, esto supone afrontar lo que de un simple vistazo al perfil de la ruta parece un leve repecho al compararse con el tramo protagonista. Se trata de un puerto que se venga de nuestro menosprecio y reclama nuestro sudor como peaje, de la cota de 300 metros se alcanzan los 800 en unos 6 kilómetros, arrojando una media del 8% con picos de 12 y 13% en algunos puntos. "Si se supone que esto no es nada, ¿qué sera lo que me espera?" sería el único pensamiento de no ser por lo impresionante de las vistas: pasamos de una zona industrial, que ya tenía su verdor intenso y su explendor, a contemplar la inmensidad de un valle perdido en la paz de la vida ganadera, lleno de tonos verdosos, grandes y profundos pastos, arroyos y bosques salpicados por casas de montaña conectadas entre sí por sinuosos caminos. Las lagrimas emborronan mis ojos, pero no es de la emoción, no, sino del vertiginoso descenso que a base de curvas y contracurvas salva el desnivel hacia el fondo del valle donde se asienta la población de Riosa que envuelta en un paraiso de montes se desenvuelve a lo largo de la vega.
Las nubes me permiten observar ahora uno de los montes que arrojan sombra sobre Riosa, y tiene un color distinto, más rocoso y vertical arropado por un collarín nuboso que no deja adivinar la cima. Se trata del macizo de Gamonal, una curiosidad geológica a la que hay que subir.
Mientras callejeo por el pequeño pueblo no puedo dejar de dudar de mi mismo y de buscar posibles escusas ante el posible fracaso. Me detengo en un stop y un asturiano con aspecto de pastor aprovecha para echar un vistazo a la transmisión de mi burra y me pregunta "¿Que llevas, un 30x25?, solo si estas fuerte seras capaz de subir, pero no creo puedas. De todas formas aprovecha, que hoy hace un buen dia." a lo que yo contesté el típico "se hará lo que se pueda" sorprendido de la habilidad en contar piñones de aquel señor, de la manera tan extraña de dar animos y de lo que allí se entiende por "buen tiempo", habiendo una niebla que a cualquier madrileño le haría activar los antiniebla traseros. Por lo menos el asfalto, aunque lleno de caques de vaques, estaba libre de humedad.
La cota actual es de 300 metros otra vez, y la meta queda muy lejos todavía, calenté en la subida, pero en la bajada he pasado suficiente frío como para no sentir los dedos de los pies. Pero ahora llega la hora de la verdad. Vamos para arriba.
En un suspiro se alcanzan los 500m, estoy a un kilometro de El Porcio y ya se me ha olvidado qué es eso de tener frío. Velocidad lenta, plato pequeño: queda mucho. Hasta la señal que indica la dirección a tomar hacia el angliru esta inclinada, no puedes dejar de mirarla de reojo mientras mantienes el equilibrio de una herradura de fuerte pendiente. El Teleno, El Porcio, y Viapará son grandes letreros que lentamente se van dejando atrás mientras el altímetro no dejar de subir hasta los 690m donde nos da un respiro. Aqui me detengo a observar el vasto paisaje indescriptiblemente verde, incansablemente grandioso. Se dan cita algun que otro turista rural y tranquilo en esta zona recreativa. Cuando pongo de nuevo los pies en los pedales pienso que habrá sufrimiento antes de poder volver a ponerlos en tierra y acepto la idea de que no podré tirar fotos en marcha como hasta ahora, ya las haré durante la vuelta.
Es verdaderamente emocionante como se ve la perspectiva de la pared rocosa de Gamonal desde el Viapará, en una verticalidad casi completa cubierta de verdor y niebla, se deja entrever una sucesión de zig-zag que ascienden en angulo obtuso. Una, dos y tres revueltas y me encuentro inmerso en algo que ronda el 14 y 15%, si alzo la vista solo puedo ver pared y niebla, la vuelvo a bajar y contemplo en el esfuerzo el lento girar del buje delantero, ya no hay rampas del 10% que permitan descanso, las herraduras que dejan recobrar algo de aliento cada vez están más lejos y las rampas que las unen cada vez son más inclinadas. El paisaje y el abismo aéreo ya no son distracción, ocultos por la niebla, solo hay asfalto, roca, niebla y esfuerzo. Puedo concentrarme en mi respiración, sentir mi corazón, mi pulso, siento como mi cuerpo funciona como una máquina perfecta en pleno rendimiento, el esfuerzo es máximo. Una horquilla, otra horquilla, y veo por el rabillo del ojo el cartel de la cuesta de Cobayos que roza el 22%. Apenas son 4 los kilometros que recorrería en una hora, la rueda delantera cobra vida y quiere despegarse del suelo, la sujeto, la domo y la obligo con mi peso en el manillar. Parece que casi puedo tocar el suelo con la nariz. Balanceo la bici, hago eses y cada vez que llego a cada lado del asfalto no puedo dejar de murmurar entre dientes: "es imposible". Fugaces momentos de debilidad me tientan a detenerme y poner el pie para no caer, pero desplazo el peso del cuerpo, tiro del manillar con fuerza, hago girar las bielas lenta y pesadamente, levanto el pie de atrás con decisión y hundo el delantero con la esperanza de que la agonía acabe, o que al menos, no aumente de grado. El tiempo se para y se hace eterno. Concentro el esfuerzo en mi mente y trato de dejarla en blanco. Entre la niebla se adivina la siguiente herradura, gritos de ánimo de algún turista que se cruza con mi tormento, y pienso que quizá tenga razón, quizá sea posible dar alguna pedalada más. Respiro con tanta fuerza que me duele la cara, las piernas afrontan la dureza y en su queja obedecen, me siento vivo, siento placer en este sufrimiento y esfuerzo, mientras dudas y más dudas se cruzan en mi pensamiento. Vuelvo a extender la vista hacia arriba, miro al cielo, suplico, sin obtener más respuesta que un leve salto de la rueda. En este tramo hay hormigón junto al asfalto que aprovecho para estrechar y alargar las eses en una serpenteante trayectoria. Cuando la agonía estaba a ras de vencerme, mi pie delantero se hunde sobre el pedal apenas sin esfuerzo y subo la biela con con facilidad repentina, ¿he partido la cadena? no, he llegado a una curva en herradura que me ofrece un 9% que saben a llano. No caigo en la tentación de bajar piñón, aun son cuatro las herraduras que quedan, éstas más cerca unas de otras. Un giro, otro, y sirven de animo, de distracción, de cambio de panorámica y esperanza de que la situación cambie, a mejor o a peor. Ahora observo un paisaje lunar, yermo y rocoso entre la niebla, he recobrado la capacidad de mirar a mi alrededor y de coger aliento mientras mantengo la minima velocidad posible, no me quiero dejar convencer de que lo peor esta hecho. Hace ya rato que el altímetro reza los 1500 metros y puedo oir alguien que me dice "vamos campeón que ya casi has llegado". Enseguida noto un frío viento que desplaza jirones de niebla entre roca desnuda y quebrada, la pista pierde pendiente y se amansa como el ganado vacuno que en la linde pasta y me observa con rumiante pasotismo. Meto plato mediano y dejo atrás la niebla que ahora observo por encima.
Estoy en el cielo.
Y junto al camino un poste con un cartel reza: "cima L'angliru, 1570m", punto ideal para poner el pie junto al mismo, en tierra. Euforia. Alegria. Triunfo. Levanto los brazos al cielo y me felicito ante un evento personal que me tomo como la conquista de una hazaña; he subido lento, muy lento, y hubiera ido más lento de haber podido, pero lo cierto es que he subido. Al momento recibo la enhorabuena de una parejita que en bici de montaña habían llegado tambien a la cumbre, por lo que las felicitaciones se hacen mutuas y se da paso a la ronda de fotografías para el recuerdo. Siembro una semilla: "¿seré capaz de subir el año que viene?".
El marco es incomparable, el final de la pista es una isla de granito que flota sobre la niebla a mil doscientos metros de altura por encima de la campiña lejana allá abajo. La sensación de frío aumenta y la coherencia dicta que hay que marcharse cuanto antes, como si de un sitio al que no deben llegar los humanos se tratase. Realizo las fotos de rigor y tras compartir el triunfo con un par de amigos a través del teléfono me dispongo a abrigarme en lo posible y a tomar el descenso.
No es moco de pavo. A un piloto le resulta más simple despegar su avión y ascender que enfilar la pista durante la aproximación y aterrizaje, a mi me pasa igual, mi escasa técnica me infunde desconfianza y por tanto algo de mal rollo al descender tales rampas. ¿y por aquí he subido?. En cada herradura me detengo por temor a recalentar las llantas y tranquilamente observo con detenimiento la fisonomía imponente del coloso, ¿acaso no había otro sitio donde llevar a pastar las vaques?. El esfuerzo de la subida es agonico pero por alguna extraña razón provoca felicidad y sensación de vida, euforia y alegría; y se incrementa con el placer de admirar, durante el intermitente descenso, el hermoso paisaje asturiano.
Con más miedo que vergüenza termino aterrizando de nuevo en la Vega de Riosa habiendo sufrido más frío del deseable, pero por debajo de los 500 la sensación dejaba de ser desagradable. Conseguido el objetivo ya solo quedaba volver a Mieres para descansar y atacar a la mañana siguiente los lagos de Covadonga. Y dándole vueltas al asunto me topé con un restaurante con buena pinta y decidí hacer una pausa en la ruta para comer, que ya iba siendo hora.
Por muy poco dinero comí como un marqués y no sin pereza retome la burra para finalizar el recorrido. El ultimo tramo lo realizé siguiendo la As-231 en dirección La Foz mientras contemplaba y fotografiaba maravillado el cañón por el que discurre la vía llamandome la atención todas las peculiaridades del terreno, los pueblos, paisajes y gentes. El tráfico te respeta y se hacen los adelantamientos pausados y apartados; durante toda la ruta el trafico ha sido muy escaso, especialmente en la subida dura, y me suponía que en la siguiente carretera que debía tomar, la N-630, tendría mayor presencia. Por suerte no fue así, y el arcen de esta carretera es tremendo, cómodo y las continuas lluvias de la región mantienen los arcenes impolutos. Entre estas y otros disertaciones avanzaba tranquila y cómodamente hacia Mieres sin ninguna gana de llegar porque el día habia mejorado en mucho y el sol jugaba con las nubes bajas creando escenas y paisajes de un bucólico exagerando.
Finalmente llegé a la pensión y mi vecino estaba allí, esperando mientras veía la tele y me preguntó interesado si lo había conseguido, siendo mi respuesta afirmativa motivo de felicitaciones, chanza y comentarios diversos.
Espero que esta crónica no haya resultado aburrida y sirva en cambio para animar a los cicloturistas a probarse con el coloso asturiano. Merece la pena el viaje. Decenas de recorridos similiares a éste a buen seguro que cubren la geografia asturiana, pero la tradición que se ha creado sobre este puerto es legendaria. Desde estas líneas lanzo un guante a modo de invitación a que se organize en el Club Roselin un recorrido que incluya la subida al Angliru, que despues de todo, si se sube con cabeza, no es tan duro, puesto que nosotros, lo que es prisa, no tenemos ninguna.
Texto y fotos: Roberto Gil.
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